06-21-11 comentario Mujer Sonora
Silvia Núñez Esquer
El caso de los jornaleros agrícolas que murieron víctimas de un incendio en la barraca que funcionaba como dormitorio en un campo de Carbó, nos recordó que ahí mismo, bajo condiciones precarias habitan decenas de mujeres que migran hacia Sonora, buscando mejores condiciones de vida.
El Campo El Zanjón es uno de tantos que saluda con la belleza y el verdor de la vid, producida con el trabajo de las manos de mujeres y hombres que dejan todo en sus lugares de origen para tratar de dar una mejor vida a sus familias.
La riña campal donde participaron varios hombres terminó con la muerte de cuatro jornaleros y otros tantos heridos. Las mujeres estuvieron a punto también de ser víctimas sin deberla ni temerla. Ellas que también duermen hacinadas con sus hijas e hijos en barracas acondicionadas con ese objetivo, estuvieron muy cerca de que hoy también estuviéramos hablando de víctimas indirectas pues sus dormitorios se encuentran cerca de los que se incendiaron, destruyendo sus pertenencias pues las llamas alcanzaron sus camas, afortunadamente con ellas afuera.
En el recuento, las mujeres jornaleras perdieron su ropa, el dinero que pudieron ahorrar durante la temporada de trabajo, y toda clase de pertenencias de por sí modestas y escasas, por lo que se devolvieron a sus tierras más o menos como llegaron a Sonora.
Mujeres provenientes de Oaxaca, Guerrero, y otros estados del Sur del país, se quedan temporalmente en Sinaloa, Sonora, Baja California y Baja California Sur, y si es posible, intentan llegar hasta Estados Unidos.
La mayoría son mujeres entre 25 y 35 años de edad, de baja escolaridad pues sólo el 27 por ciento cuenta con la primaria, y el resto carece de instrucción, según estudios sobre mujeres jornaleras de la investigadora Ximena Avellaneda Díaz, quien asegura que al menos 300 mil oaxaqueñas han salido de su estado en los últimos diez años huyendo de la pobreza y enrolándose en actividades como trabajadoras del campo.
En pleno siglo veintiuno, los campos agrícolas siguen siendo espacios que recuerdan los corrales para ganado. En áreas reducidas duermen o tratan de hacerlo familias enteras, muchas conformadas por mujeres y sus hijas e hijos.
Nada se ha hecho por cambiar las condiciones y hacerlas un poco más humanas. Y aunque se hable informalmente de ello, parece que en Sonora son necesarios incendios devastadores y las respectivas tragedias consecuentes, para que la realidad emerja indefectible.
En lugar de enfrentarlo y remediarlo, en éste México nuestro lo primero que se hace ante un evento de tal magnitud como el del campo El Zanjón, es limpiar la escena del trágico suceso, y retirar a las y los testigos, como ocurrió cuando la semana pasada sacaron en varios autobuses a decenas de mujeres y hombres jornaleros, todos ellos procedentes del sur del país, para enviarlos a sus lugares de origen.
La lección que esto nos deja es que la simulación sigue siendo el método que persiste. Simulamos que cumplimos la normatividad, mientras las y los trabajadores del campo carecen de seguridad social. Simulamos que vigilamos, mientras las condiciones de trabajo son extenuantes, sin el goce de derechos. Simulamos que las mujeres y niños nos importan, y se nos mueren en nuestras narices. El riesgo en que estuvieron las jornaleras del campo El Zanjón es real, y más palpables son sus pérdidas, pues vinieron a progresar, y se regresaron con las manos vacías.
Si usted desea comunicarse con nosotras escriba a mujersonora@gmail.com y visite nuestro blog: www.mujersonora.com
